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MIREN RUIZ

Leo un texto tatuado en el brazo de un amigo: “No existe ninguna escuela que enseñe a vivir”

Pues es justo a lo que enseña la nuestra, Emeki Emeki. Poliki poliki…cada uno a su ritmo. Respetando y escuchando a cada niño y niña, acompañándolo en su manera de vivir. Porque cada uno y una vive las cosas a su manera, las siente a su manera… El enfrentarnos a las nuevas relaciones, nuevas experiencias, nuevos conocimientos y buscar la regulación de las mismas es justamente el aprender a vivir, pues esto es lo que nos da las bases para poder tener recursos más adelante. Recursos propios, claro. 

Se están construyendo las bases de la relación (la relación con uno mismo y con los demas), aprendiendo sobre su propia manera de vivir y sentir. 

Coger fuerzas en todo el camino y aprender de nosotr@s mism@s hace que nos fortalezcamos nuestra seguridad, pisando fuerte allá donde vamos. Enfrentando la vida con vitalidad, nos descubrirnos primero a nosotros mismos, para poder descubrir a los demás, a los que nos rodean. ¡Que para algo estamos vivos!

Hacer este camino a lo social, a abrirnos al mundo desde una confianza diferente. Confianza en nosotros mismos, en saber lo que queremos, en buscarlo y lucharlo. Respetándonos y respetando al otro. Aprender a decir no, y también a estar solos, a buscarlo con entusiasmo, porque también lo necesitamos.

Y ¿qué hacemos nosotros en todo esto, los acompañantes? Acompañamos en cada vivencia, regulamos las emociones y disolvemos conflictos grupales y personales. Entendiendo y escuchando el momento vital de cada niño y niña. Porque en todo este camino, surge la tristeza, el enfado, el compincharte con otros y ponerte nervioso… 

“No hacemos nada” Para empezar, decir que simplemente no hacer nada es mucho más complicado de lo que parece. Pero no es cierto que no hagamos nada, hacemos, y mucho. No interactuamos si no hace falta interactuar, porque ellos saben como reaccionar y descubren aptitudes en ellos mismos. Pero intervenimos si lo consideramos necesario, disolviendo dinámicas que achican al niño o niña. Es necesario intervenir, pues muchas veces si no intervenimos o si la intervención se hace desde una perspectiva en la que se le frustra al niño o niña, sin escucharlo, sin entenderlo… estas dinámicas que lo contraen, se afianzan en uno mismo, delimitando a su vez, dinámicas o formas de percibir la realidad posteriores. Buscamos la expansión de los mismos, la vitalidad. Aquí también está el quid de la cuestión. ¿Cuándo es necesario intervenir?

Para responder a esto, primero hay que tener una conciencia de uno mismo. Saber cuáles son nuestros puntos fuertes y débiles, para poder escuchar la necesidad del niño. De esta manera, podemos intervenir desde la necesidad del niño y no con la carga de nuestra propia vivencia, frustración, inseguridades o miedos del momento. Siendo capaces de identificar nuestras propias emociones, podremos escuchar y percibir las emociones de los niños. Podremos comunicar con ellos, sabiendo cuándo un niño necesita la intervención de un adulto. Porque necesitan la seguridad del adulto, la estructura de un espacio que posibilite la expansión de uno mismo. Unos brazos y unas colchonetas donde poder caer sin hacerme daño; tropezar una y otra vez, pudiendo volver a esos brazos cuando sea necesario, cogiendo fuerza y aprendiendo cada vez, para volver al ruedo de nuevo.